El programa “Obra del mes” está destinado a dar a conocer una obra distinta de Ángel Mateos con distintas colaboraciones de firmas invitadas y, de este modo, contribuir al acercamiento de la obra de Ángel Mateos al público

jueves, 7 de febrero de 2013

OBRA DEL MES - OCTUBRE 2012

OCTUBRE  2012


Invitado:           Manuel Santiago Martín Bueno
Obra elegida:    TORSIÓN II, 1979



LA PLENITUD DEL ESPACIO
Escribía el otro día Alén que la extensa obra escultórica de Ángel Mateos no podría comprenderse sin un rasgo fundamental: su coherencia radical. En esta trayectoria, que es a la vez peripecia vital, también yo descubrí y aprecié enseguida esa misma condición descrita, que verdaderamente perfila a un hombre irrenunciable con sus principios éticos y humanos y que es consecuente con sus propuestas artísticas. Un hombre que no quiso subir peldaños ni progresar si ello aparejaba la desmemoria (¡qué paradoja!) de sus orígenes, siempre en el recuerdo agradecido a sus antepasados.

    Saltando hacia atrás en el tiempo, vi a un niño encaramado en los peñascales de Villavieja; y lo vi después, ya adolescente, tallando su primera obrita (una virgen María, quizá) para la hornacina vacía de una ermita rural mientras su padre restauraba la cantería del templo. He visto todo eso porque el hombre que siempre supo quién era, hecho ya artista, lo contaba con emoción: “Yo soy ese niño”. Hace algunos años, a través de una pantalla de televisión, lo observé de nuevo recibiendo un gran homenaje público. Estaba junto a otros galardonados, rodeado de personalidades de la cultura y de la política también de familiares y amigos y aunque no tuvo ocasión de hablar les dijo a todos ellos con su mirada: “Yo soy ese niño”.
La torsión solida  
     El hombre enérgico y radical hizo esculturas rotundas y esenciales, ancladas al suelo y trazadas en el espacio. Voy a detenerme ante una de ellas, que a mi juicio define bien al artista y a esas cualidades escuetamente descritas hasta aquí. Se trata de una construcción pensada para unas proporciones monumentales, como otras muchas del autor, que no llegó a fraguarse como tal después de promesas incumplidas, pero sí quedó plasmada en un prototipo que puede admirarse en el museo de Doñinos.
. Fueron años difíciles para el país y el artista se esforzaba en transmitir una sensación irrevocable de serenidad y sosiego, que más adelante quiso ahondar también en sus monumentos para una democracia. Aunque el resultado en verdad trasciende mucho más allá de una elemental interpretación política de la pos-transición, cual pudiera ser la de poner punto y final a la barbarie anterior.
    Dejémonos de historias y vayamos a lo sustancial: estamos hablando de una torsión de verticalidad apabullante y sólida, pero sutil; de una obra perdón por la cursilada de madurez, porque si bien es cierto que de todos sus trabajos anteriores extraía Mateos los supuestos que iban dando pie a cada una de sus obras sucesivas, en ésta que nos ocupa se aprecia mejor, en mi opinión, el final de un camino largo y dificultoso que conduce a la plenitud del espacio y el volumen, que son las dos constantes objetivas que marcan el desarrollo de toda su producción.
     A la rocosidad de los acantilados y el equilibrio de los dólmenes, les sucedieron los cubos, las flexiones y los menhires, apreciándose en cada uno de esos estadios una mayor complejidad central en la unión de sus diferentes elementos compositivos. Éstos se desplazaron luego en altura en las inversiones y los pilonos y también en la horizontalidad de las ménsulas y los pórticos, para llegar a la pureza lineal y vertical de los neolitos y, sobre todo, de los obeliscos y las torsiones, y entre estas últimas la que nos ocupa en particular.
     Esta torsión introduce en la relación con el medio que espontáneamente pudiera acogerla (Salamanca soñada) un lenguaje de mayor simplicidad y contundencia. Las líneas y los volúmenes serían capaces aquí de afianzarse casi en cualquier entorno real. Si fuera levantada en medio de un campo de centeno, con el limpio horizonte granítico de las sierras salmantinas o abulenses (las cumbres de Gredos, que asemejo a la naturaleza de sus primeras obras) como fondo, su belleza intrínseca se mimetizaría con la planicie y la lejanía. Y lo mismo iba a ocurrir si ese perfil de hormigón, tan auténtico en su desnudez y textura, apareciera asediado por los edificios, los viales y los vehículos que circundan el contorno de cualquier rotonda urbana.
     Es una escultura robusta en su misma ligereza conceptual; esbelta y prolongada como la sombra que produciría sobre ella el sol del ocaso; natural por la suave rugosidad táctil de una piel fraguada en el armazón de la madera. Con ella, Ángel Mateos dio además un expresivo paso adelante, que había dejado vislumbrar en ocasiones anteriores, depurando las formas hasta conseguir una obra de acentuado carácter arquitectónico y monumental, dos atributos que definitivamente identificarán ya toda su producción artística. Una escultura en toda su perfección estructural que permanece inalterable a nuestros ojos mientras los escenarios que enmarcan el tiempo y el espacio discurren sobre ella.
Manuel Martín Bueno

OBRA DEL MES - JULIO 2012





JULIO  2012


Invitado:         Rafael Cid Tapia
Obra elegida:  CÍCLOPE, 1967

Roca emergida bajo techo:

                        El Cíclope de Ángel Mateos


Fotografía cedida por Rafael cid
En un establo sin buey ni caballería nacerá este cíclope de piedra y humanidad. Se culmina con él una primera fase de la modernidad escultórica de Ángel Mateos su hacer “acantilado”.
Será nuestro artista charro aquel rural fantaseador de riscos, hijo y hermano de canteros, allí donde la patria era geografía de peña y el mayor afán domeñarla. Con una aprehensión natural para lo artesano-artístico, en este caso habría de ser determinante, la puntual revelación-comprensión sevillana de su, intuida, trascendencia como ideología, que enseguida derivará aquellas primeras propuestas por caminos diferentes  a los de la cantería y labra tradicionales.
            En parecidos términos en que Antoni Tapies no recrea las ajadas tapias, porque físicamente las genera en sus lienzos, Ángel Mateos, en este supuesto, no talla sobre física rocosa ni manipula piedra alguna. Ejerce de albañil “tocado” que para la ocasión levanta orgánicas al punto de travestirse de catedrales o atletas, de vislumbrarse en Cristos y Ateneas.
            Seremos, a pie de obra, testigo de la nacencia constructiva de este protagonista Cíclope a la postre determinantemente viajero. Fuera del juego de palabras, lo que vengo a constatar, literal a día de hoy: una estatutaria ya sin cimiento cimentada en cemento. La especial construcción en paredes piel de enfoscado será trabajada allí (véase foto en taller) en quebradas rodajas de codillo que la paleta deberá facetar. La mateísta formulación tridimensional habrá de retar a la posteridad formal como monstruo humanizado presto de evento a incorporarse. Apostado en sus rodillas de cantil tendré el privilegio, junta al visceral creador, de asomarse a su óculo coronación, y saber in situ de su fraguada víscera, así como de su formulado escultórico de porte granítico.
            En reciente ponencia para Congreso Nacional de ARTE PÚBLICO denominamos de CORPUS PRESENCIAL, esa capacidad de ciertos elementos, no obligatoriamente escultóricos-estatutarios, para generar por si y recabar para sí tal papel. La propia agrupación pétrea, sin mas , (véase el dibujo) genera aquí monumento y por derivación territorio urbanístico de gratificación estética al ciudadano. Es por tanto la figura, añadidura.
            Cuando El Cíclope es trasladado del taller de su primer asentamiento sobre el parterre de una amplia plaza ferial, con aquel recordado pabellón-insignia-de potente linealidad ortoédrica detrás algo mágico acontece. ¿Contraste de los constructivo y lo orgánico?. ¿Orden natural de rocosidad y césped?. Nuestro personaje – estratificado- desafiaba allí su ámbito exterior como criatura de intimista museo pero evidentes en términos monumentales de sorprendente – organizada- proporción. Un nuevo viaje hacia espacios deportivos con la pretensión de magnificar la sedente efigie, sobre una artificiosa bancada, no añadirá personalidad estatutaria alguna a la singular de su emergente rocosidad .
            Toda la obra de este creador salmantino a lo largo de su trayectoria va a ser esa capacidad, fuera por cierto de cualquier escala, de entender monumento, vivir en monumento y actuar como tal. En consecuencia propiciar, cuando no generar, territorio urbanístico de estética consistencia. ¿ Quizá la presente estructura de escarpada figuración cliclópea está necesitada de apoyatura- en base física alguna- para ser comprendida en su realidad de emblemático monumento, en este caso a una ascensión?.
Ilustración de Rafael Cid
            ¡Y qué importa!. Emerge, es arte que se incorpora descontextualizado o no, como simbólico despegue económico o deportivo (según la ocasión) que propicia humanidad y fantasía, modernidad en consistencia de logro plástico y hasta sutil extrañada declaración de ancestros. Confirmamos. La casa de los Mateos, este personaje mitológico la lleva dentro, como también la geografía de Yeltes, al exterior puesta.
Rafael Cid Tapia
Crítico de Arte A.E.C.A.

OBRA DEL MES - JUNIO 2012

JUNIO  2012

Invitado:         Fernando Segovia
Obra elegida:  EL CREADOR, 1966
       Finales de los años sesenta. Un realismo que ya se fragmenta en Mateos para parecerse más aún a la naturaleza bien agreste y salvaje.
La figura de la que parte no es casi más que simple pretexto para asemejar en sus texturas a rocas y materias azotadas por la erosión de siglos y siglos.
Hay una forma real detrás y es evidente todavía. Se aprecian rasgos de una cara estilizada, enjuta, de expresión facial inescrutable, pero de gesto firme, altivo, de hombre-creador o de creador hecho humano. Pudiera ser el dios-hombre marcado a fuego por las liturgias de nuestra cultura. O un dios-hombre amerindio, medio salvaje y lejano. 
No lo sabemos bien (quizás nunca lo sepamos ya).
Pero, antes de todo, textura material y rugosa. Bien real. Atrapada desde cualquier acantilado perdido, azotado por el mar o sólo por el viento y la lluvia. O al pie de algún volcán.
Pero real, bien real. El aire, la lluvia o la lava que ha podido erosionar y transformar.
El tiempo detrás de sí. Y por encima de todo la intención del escultor por deshacer. Por reducir la realidad representada al mínimo posible del reconocimiento. Y otorgarle realidad concreta de piedra de acantilado. Casi de materia pura. De naturaleza pura.
     Y entre todo eso, algo medio real, medio imaginado.  Un rostro duro, esculpido por los siglos (o por el escultor, que viene a ser lo mismo).  Un dios o el dios.  Ojos profundos que no adivinamos adónde miran.  Altivez eterna de civilizaciones forjadas en la dureza.  Desde la piedra, desde la lava.  Por el agua o el viento o el fuego.
Y desde la razón.  La razón medida.  La razón del propio escultor en su camino hacia lo más puro y lo más simple.  Hacia el movimiento inverosímil de las moles de granito y hormigón (hacia todos los movimientos posibles).
Detenerse en el espacio y el tiempo para observar y estudiar la dura mirada del dios creador.  Y confundirlo con la mirada del mismo Ángel.  Con la altivez rocosa del propio escultor aún joven.  El Ángel creador y moldeador de rocas y poliedros de hormigón.  Del creador-escultor sacado de un paisaje tan duro (y tan grato) como su Villavieja.
Aupado su retrato de entre todas las rocas posibles de la tierra dura.  Y además azotado por el mar ya seco y la lava de los volcanes apagados. Para hacerse tótem eterno.  Y reflejo de si mismo.
      Mucho de misterio y también de real quedó atrapado en esas formas. De religioso y profano a la vez.  Piedra construida, modelada pulcramente.  La lucha brutal del hombre y la piedra (esa lucha siempre eterna).  Toda la dureza y la constancia creadora de un escultor vocacional. Puro. Decidido. Y seguro. Siempre creándose a si mismo. Y (posiblemente) imperecedero.
Fernando Segovia Hernández.
Profesor de Dibujo en la Facultad de Belllas Artes de la Universidad de Salamanca

OBRA DEL MES - MAYO 2012



MAYO  2012

Invitado:         Andrés Allén
Obra elegida:  Inversión II
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Primero debo de señalar algo que caracteriza toda la escultura de Ángel  Mateos: Su radical coherencia. Su obra ha evolucionado desde la agreste geología vivida  en el cercano rio Huebra, que da pié a sus acantilados, hasta la depuración de lo estrictamente esencial  de sus pilonos, neolitos o leves desplazamientos de prismas, Un largo recorrido que se ha hecho sin solución de continuidad, ni rodeos, ni  repeticiones. De lo original y primigenio, a lo más refinado o culto, con el solo vehículo de su materia, el hormigón, y una sorprendente  intuición para discernir sin subterfugios la forma de crear propia  de la naturaleza y  que va a ser la forma de crecimiento de su arte escultórico. El rechazo a toda concesión espuria.
Parece que es la misma materia quien  decide, que el escultor crea desde ella misma en un dialogo sincero. Nada más alejado de su escultura que el caprichoso diseño,  “una escultura dibujada, nace muerta”, me decía, desde el más profundo convencimiento.
Cuando Ángel  Mateos realiza esta Inversión (1976), en plenitud creadora, ya ha recorrido etapas de escultura de pura geología,  profetas y dioses modelados por el agua y el tiempo. Se ha  encarnado en lo primitivo, para simbolizar el inicio de un arte para un tiempo nuevo, asentando con sus menhires y dólmenes la que denominará edad del hormigón. Ese afán tan de artista y tan suyo de sentirse inicio y origen de un camino intacto que se hará al andar. 
También ha estudiado los cubos como formas puras y ha experimentado con el hormigón  hasta conferirle en sus formas unas cualidades dúctiles, unas curvaturas elegantes, una textura natural en la huella de madera del cuidadoso encofrado. Esta etapa de Las Flexiones quizás sea la que se acerque  al concepto más aceptado de belleza, con su forma modelada y continua en el espacio.  Ángel podría haber dilatado más esta etapa tan aceptada, pero a su alma creadora le apetece obrar por antítesis; lo horizontal y flexible se va a convertir en vertical y en  rotura con estas nuevas Inversiones, que determinan ante todo un cambio de dirección arriba- abajo, violento, lo que la tensión antes doblaba ahora rompe.  La verticalidad le confiere un componente arquitectónico, que se añade a esa sencilla monumentalidad que recorre todas sus obras y que él achaca a la lógica de las formas. Se pueden contemplar como  edificios, como obeliscos,  que rompen con su propia gravedad.
 En Inversión II el nudo de rotura esta en el centro. Los potentes volúmenes que rebrotan de él a las alturas  parecen darle una estructura alada, sin limitaciones, como flechas. Conserva además ese vigor de los menhires pues no es tan ortogonal, depurada y rectilínea como las que vendrán sucesivamente. Esa irregularidad le añade singularidad y misterio y más que moderna me parece intemporal.  Siempre me la imaginé en la rotonda de Salas Bajas que no encara pero divisa las Catedrales Salmantinas, en un contrapunto dialogante, sin desafíos, para que al menos alguna vez una obra de nuestro tiempo pudiera  incorporarse naturalmente a esta ciudad eterna. De momento no ha habido suerte para este sueño, no es lo mismo soñar que estar dormidos.


Andrés  Allén
pintor salmantino